Las razones del malestar

Entretien dans la revue espagnole Magazine, paru le 24 février 2019. Propos recueillis par Eusebio Val.

La revuelta de los ‘chalecos amarillos’ ha dado salida a decenios de malestar acumulado. Este descontento es común a otras sociedades occidentales pero en Francia, por su tradición revolucionaria y sensibilidad social, ha emergido con especial virulencia. Del desenlace de la crisis depende que el presidente Emmanuel Macron siga siendo un baluarte frente a los populismos.

French Police Braced For Continuing Gilets Jaunes Protests

Un mural alegórico de la protesta (KIRAN RIDLEY/GETTY)

En una fachada de la avenida Kléber, a poca distancia del Arco de Triunfo y de los Campos Elíseos, alguien escribió esta pintada, en rojo: “Arde Babilonia”. Fue durante uno de los sábados más violentos de la revuelta de los chalecos amarillos. Al día siguiente el paisaje era desolador. Parisinos y turistas daban un paseo para evaluar los daños, entre la perplejidad y la tristeza. Una vecina lloraba al ver los destrozos y las tiendas saqueadas. Los equipos del Ayuntamiento se afanaban en retirar las carcasas de los vehículos calcinados.

Babilonia, en el Antiguo Testamento, es un símbolo de corrupción y decadencia. Algo hay de ese sentimiento entre quienes han acudido a París, semana tras semana, a denunciar la política económica de Macron y su estilo de gobernar Francia. La quema de coches, las barricadas en llamas, ya de noche, en las zonas más elegantes y caras de la capital, tuvieron un potente efecto psicológico. Transmitieron un mensaje insurreccional, de pérdida de control. Hasta un filósofo de moda como Michel Onfray, simpatizante de los chalecos amarillos, se vio tentado a llevar lejos la metáfora del fuego. “Macron es el equivalente de Nerón”, se atrevió a decir durante una tertulia televisiva. Onfray acusó al presidente de exacerbar las tensiones, alentar la ira en la calle e incendiar la ciudad.

El movimiento de los chalecos amarillos ha actuado como un volcán. Francia entró en erupción al surgir de sus entrañas los malestares acumulados durante decenios. La protesta inicial contra la ecotasa de los carburantes mutó y se extendió. Los activistas de las rotondas y de los peajes de las autopistas ampliaron sus exigencias a medida que el Gobierno hacía concesiones. El fenómeno se convirtió en una causa general contra la economía neoliberal y los graves desajustes de la globalización y del cambio tecnológico. El volcán hubiera podido aparecer en otro país occidental, pues la crisis es compartida, pero en Francia, por tradición revolucionaria y sensibilidad social, había magmas subterráneos propicios a una erupción violenta y duradera.

La génesis del malestar francés podría llevar hasta 1983. Fue el año en que el socialista François Mitterrand se vio obligado a dar  “el giro del rigor”. Tras llegar al Elíseo, había formado un gobierno con participación comunista que aplicó un programa muy de izquierdas, con nacionalizaciones incluidas. El experimento se saldó con un fracaso estrepitoso. Para apuntalar la moneda nacional, el franco, que se hundía ante el marco alemán, Mitterrand decidió un brusco cambio de estrategia y, sin reconocerlo abiertamente, asumió el grueso de la agenda neoliberal. Empezaron las privatizaciones y el control del gasto público. Estaba en sintonía con la coyuntura mundial. En Washington gobernaba Ronald Reagan. En Gran Bretaña, Margaret Thatcher. En Alemania, el conservador Helmut Kohl había destronado al socialdemócrata Helmut Schmidt.

Los chalecos amarillos, aunque ignoren los detalles de la historia, sí han interiorizado que el agravio viene de lejos, que Macron es el último actor del drama. Christophe, empleado en una empresa de construcción cerca de Versalles, que cada sábado ha desfilado por París con la misma pancarta (“Políticos, rendiréis cuentas”), lo explicó al Magazine mientras se manifestaba por el bulevar Hausmann: “El pueblo ha elegido a los cargos públicos. Ellos son nuestros empleados y deben rendirnos cuentas. Hace 30 o 40 años que esta gente se burla de nosotros, que coge cada vez más dinero de nuestros bolsillos, de la masa trabajadora que produce el PIB, la riqueza de la nación”. Christophe, de 52 años y exmilitar, arremetió contra “la esclavitud de los financieros, que además son apátridas y se burlan de Francia, de Alemania, de todos”. “No son ellos quienes mandan sino nosotros”, concluyó, desafiante.

El geógrafo y politólogo Christophe Guilluy lleva años estudiando el deterioro de la clase media, a la que llama “el elefante enfermo”, así como el foso cada vez mayor entre las grandes urbes y la periferia suburbana o rural. Su libro No society. La fin de la classe moyenne occidentale (Flammarion) analiza el problema y lo compara con lo que ocurrió en Gran Bretaña con el referéndum del Brexit y en EE.UU. con la victoria de Trump.  El término no society lo toma de una frase de Thatcher, en 1987. Según ella, lo esencial eran los individuos libres. La simple noción de sociedad ya le era sospechosa de política dirigista, socialista.

Para Guilluy, existen claros paralelismos entre el Brexit, Trump y los chalecos amarillos, bajo el común denominador de “la fragilización social del territorio”. Unas de las principales víctimas son las mujeres, que acaparan los empleos más precarios, y, en el caso de divorciadas o madres solteras, sufren dificultades mayores para salir adelante. De ahí que su presencia entre los chalecos amarillos sea abundante.

El geógrafo insiste en la pérdida de peso de los interlocutores sociales intermedios –los partidos políticos, los sindicatos, el Parlamento–, en la falta de comunicación “entre los de arriba y los de abajo”. “Una sociedad no es sana si los de arriba no hablan en nombre de los de abajo”, advierte.

A Guilluy le gusta poner el ejemplo del Partido Comunista Francés (PCF), en el que había clase obrera pero también funcionarios y sectores intelectuales. A su juicio, esa porosidad entre capas sociales, no sólo en el seno del PCF, hacía mucho bien y se ha perdido en buena parte. Un análisis complementario al de Guilluy lo hace el británico David Goodhart en The road to somewhere (Penguin), un libro de cabecera en el Elíseo para descifrar lo que está ocurriendo. Goodhart distingue dos tipos de individuos, a los que denomina somewhere (de algún sitio) y anywhere (de cualquier sitio). Las personas “de algún sitio” –la mayoría– son aquellas más ancladas a un territorio, a un modo de vida y a unos valores. Suelen tener una formación insuficiente para la movilidad geográfica. Viven en lugares afectados por la desindustrialización, a menudo en áreas periféricas de polos más dinámicos. En ellos hay resentimiento y miedo. Se dan cuenta de que el ascensor social ya no funciona. Son más receptivos a los cantos de sirena de los populismos de tinte nacionalista. Las personas “de cualquier sitio”, por el contrario, han tenido mejor educación. Sus capacidades cognitivas y su flexibilidad les permiten trabajar en otras regiones y países. Sus opciones políticas son más moderadas porque sienten que ganan con la globalización.

Otros expertos y pensadores hacen diagnósticos parecidos. El lingüista y filósofo Jean-Claude Milner cree que una de las claves de lo que sucede es que las clases estabilizantes se han rebelado contra su constante erosión. Milner incluye entre esas clases estabilizantes, base del progreso en Francia desde la Segunda Guerra Mundial, a una amplia coalición de grupos, desde la clase media asalariada a pequeños empresarios y autónomos, jubilados y hasta parados que reciben subsidio.  Estas clases estabilizantes, que nutren  las filas de los chalecos amarillos, han dejado de serlo y, según Milner, “descubren las virtudes de la protesta violenta y de la desestabilización”. Esos sectores se resignaban al estancamiento pero no aceptan empobrecerse.

Entre quienes protestan hay consenso en que Macron no tiene la legitimidad que se arroga. Los más belicosos exigen su dimisión y que la Asamblea Nacional se disuelva

Entre quienes protestan hay consenso en que Macron no tiene la legitimidad política que se arroga ni, por tanto, el mandato para impulsar las políticas que pretendía. Los más belicosos exigen su dimisión, la disolución de la Asamblea Nacional, el fin de la V República y una nueva Constitución. Sostienen que si bien fue elegido por dos tercios de los franceses que acudieron a las urnas en la segunda vuelta de las presidenciales, en mayo del 2017, se trató de una mayoría artificial. Le apoyó mucho simpatizante de izquierda con el único objetivo de cerrar el paso a la ultraderechista Marine Le Pen. De ahí que haya un clamor entre los chalecos amarillos a favor de otra política fiscal, que incluya la reimplantación del impuesto sobre la fortuna, y de la generalización de los referéndums para las grandes cuestiones.

Para el politólogo Nicolas Baygert, de la prestigiosa Sciences Po de París, Macron se confió demasiado y erró en el cálculo. El fracaso de la larga huelga de los ferroviarios, la primavera pasada, le hizo pensar que podía controlar bien la resistencia social e imponer sus reformas. “Pensó que las acciones de los huelguistas habían sido el habitual incordio, prácticas obsoletas de unos actores obstinados, pero sólo residuos de un viejo sistema que había sido barrido electoralmente hacía un año”, afirma Baygert.

Los chalecos amarillos, en cambio, se comportaron de modo diferente a los sindicatos. A su perseverancia en los bloqueos de tráfico se unió la acción violenta de extremistas ultraderecha y de extrema izquierda, junto a los habituales casseurs, los profesionales del vandalismo y el saqueo. “El ataque al Arco de Triunfo, símbolo de Francia por excelencia, tuvo un impacto psicológico brutal para el Gobierno e hizo que se tomara finalmente en serio la movilización”, agrega Baygert.

Las concesiones hechas por Macron plantean el interrogante de si su condición de baluarte frente a los populismos se ha deteriorado. Hay señales en este sentido, aunque aportarán más luz los comicios europeos del 26 de mayo. El triunfo del joven presidente en 2017, con un proyecto de modernización de Francia y de apuesta europeísta, alimentó la esperanza de que el auge populista pudiera ser contenido. Quienes confiaron en Macron están preocupados. Un editorial de Le Point advirtió que “el pinchazo de la burbuja macronista” puede abrir la vía a los extremismos. El semanario constató que “el populismo es el rostro oculto de la democracia liberal, que desaparece cuando ésta goza de buena salud y se desencadena cuando está enferma”. Le Point también subrayó que el populismo puede ser derrotado por sus errores y mentiras, y que “el verdadero antídoto debe buscarse en la regeneración de la democracia liberal y un nuevo pacto económico y social”.

Mientras que Trump prefiere los tuits, Macron escribe una larga carta a la ciudadanía y debate con alcaldes durante horas sobre todos los temas, con luz y taquígrafos, sin censura previa

Ese nuevo contrato social con los franceses es lo que intenta Macron con el gran debate nacional que se prolongará hasta mediados de marzo. Debe servir de catarsis. La estrategia es la contraria del populismo. El presidente no ha respondido a la crisis con consignas simplificadoras ni propaganda sino con una oferta seria de reflexión colectiva. Mientras que Trump prefiere los tuits, el jefe de Estado francés escribe una larga carta la ciudadanía y debate con alcaldes, durante horas, sobre todos los temas, con luz y taquígrafos, sin censura previa.

El debate francés está contaminado por percepciones que no siempre se corresponden con la realidad. No es cierto, por ejemplo, que Francia sea un país poco igualitario –en relación a otros– y que la situación se haya agravado. Lo demuestran las estadísticas de la OCDE, del Banco Mundial y de Eurostat. Aunque Francia va por detrás de las naciones escandinavas, su sociedad es mucho más igualitaria que la británica, la estadounidense, la española o incluso la alemana. La degradación del poder adquisitivo –un caballo de batalla de los chalecos amarillos– tampoco queda probada en las cifras. Francia no sufrió, ni de lejos, la devaluación interna –mediante el recorte de salarios y prestaciones– a la que se enfrentaron España, Portugal y Grecia. Otro mito es la inflación, que en realidad ha sido muy baja desde la introducción del euro.
En la psique francesa influye su vocación revolucionaria. Macron es consciente de ello. Para incitar al debate no le ha importado promover los cuadernos de quejas en los ayuntamientos. Allí los ciudadanos dan rienda suelta a su enfado y proponen medidas. Los cahiers de doléances canalizaron las reivindicaciones antes de la Revolución Francesa, en 1789, y ahora repiten esa función.

“La base de las críticas de los chalecos amarillos es la insuficiente redistribución de la riqueza, que consideran insoportable, económica y moralmente –explica el historiador Guillaume Mazeau, profesor de la universidad París I-Panteón-La Sorbona–. Es como si se hubiera roto un contrato político y moral. Ya las revoluciones del siglo XVIII se hacían por esa ruptura moral entre las elites y el pueblo. En la Revolución Francesa se formuló claramente. Los chalecos amarillos sienten que emanan de esta tradición. No importa que la situación sea objetivamente mejor que en otros países. Aquí hay una sensibilidad política y social más fuerte y la Revolución Francesa vuelve reiteradamente a la conciencia de la gente”. Otro factor relevante, según Mazeau, es que “en Francia, la noción de Estado social, de ayudas públicas, es más fuerte que en otros países como España o Grecia”. “Los chalecos amarillos se rebelan contra la pobreza y contra la destrucción de este Estado social”, concluye el historiador.

El pasado 21 de enero, aniversario de la decapitación de Luis XVI, se dio una estampa, quizás anecdótica pero ilustrativa de la complejidad francesa y del peso de la historia. En la catedral de Saint-Denis –hoy un suburbio popular al norte de París–, donde yacen sus restos, se celebró la tradicional misa por el alma del monarca guillotinado, a la que asistió un grupo de nostálgicos de la monarquía. El oficiante alabó la catolicidad del rey y “su deseo de realizar el bien”. A escasos metros del templo, en el vestíbulo del Ayuntamiento –controlado por los comunistas desde hace más de 70 años– una urna de cartón contenía las quejas de los vecinos. El propio alcalde, Laurent Russier animaba en un folleto a luchar contra  “la desconexión y la arrogancia del poder” y “el aumento vertiginoso de las desigualdades después de medio siglo de políticas neoliberales”. “Las respuestas aportadas por Emmanuel Macron son una cortina de humo que no aporta ninguna respuesta a la crisis”, sentenciaba Russier.

Al salir de la ceremonia en la catedral –protegido porían soldados del dispositivo antiterrorista, metralleta en mano–, Jean-Paul, pensionista, comentó que “el estado de espíritu es el mismo que a finales del siglo XVIII”. “La gente vive mal por culpa de otros y explota –dijo–. Hay quien no tiene para comer. Es lo que provocó la revolución. Esperemos que ahora se frene. Pero mire (y gira la vista hacia los soldados), entonces, al menos, no había amenaza terrorista. Sí, hay un clima prerrevolucionario. No es fácil de gestionar”.

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